Hacía mucho que no me pasaba por el Parque Rosalía de Castro en Lugo. Y digo mucho porque seguro que no hace tanto he pasado pero desde hacía meses no lo hacía por el simple placer de pasear y disfrutar de unos minutos sin prisas de uno de los rincones más bonitos de la ciudad y donde tantas horas pasé jugando en tardes de verano cuando era niño.Aquel universo laberíntico que me parecía una auténtica inmensidad y que recorría siempre con la esperanza de encontrar algún rincón aún no explorado es, visto con ojos adultos, bastante más pequeño, pero sigue siendo encantador.
Cuando llevaba unos minutos recorriendo el parque me invadió una sensación de pena inmensa por el estado de abandono en que me lo encontré. Los caminos entre bancos y árboles se han convertido en barrizales que, obligando al paseante a esquivar los charcos, impiden el disfrute del parque ya que los ojos se van inevitablemente al suelo para convertir el paseo en una carrera de obstáculos que esquive la siempre incómoda sensación de hundir unos zapatos más o menos limpios en el barro negruzco. Los fascinantes pavos reales han visto invadido su espacio por escombros encerrados en unas rejas en mal estado y los cristales pavimentan la zona de juegos infantiles. Las pintadas, auténtica enfermedad de cualquier ciudad actual, invaden en lo que parece una tendencia al horror vacui, todos los rincones del parque: bancos, casetas de mantenimiento, muros del cierre, templetes, fuentes, incluso me llamó la atención que algún intrépido con spray de pintura en mano se había aventurado a saltar el foso de los patos para perturbar la placidez de los simpáticos emplumados y dejó una ridícula firma en negro sobre alguna de sus casetas. Lamentable.
Y es que eso de los graffiti, auténtica filosofía de vida muy respetable para algunos, ha sido adulterado como todas las modas y tanto uno se puede admirar ante auténticas obras de arte urbano –las menos- en algunos muros, como puede horrorizarse con las pintadas en los rincones menos esperados con horribles garabatos sin sentido que manchan toda superficie que quiere mantenerse limpia y que, imagino, sólo lo consigue unas horas.
Los presupuestos municipales de las ciudades se ven obligados a hacer partidas para limpiar estas pintadas, incluso hay ciudad es en Europa que se han visto superada por el fenómeno convirtiéndose en un auténtico problema social como ocurre en Lisboa, una ciudad cuyo Bairro Alto es un auténtico borrón grafitero.
En algún sitio he leído una teoría urbana que decía algo así como que la degradación social de las ciudades y de sus barios empiezan por una simple pintada que no se limpia, siendo ese garabato el origen de un barrio que caerá en un oscuro túnel de indigencia, delincuencia y otras lacras, siendo muy difícil dar la vuela a esa tendencia. Y todo nacido de la primera pintada. Quizá es una teoría algo tremendista pero cuando menos lleva a reflexionar.
Para pensar sobre esto me sirvió el paseo por el Parque Rosalía de Castro en Lugo. Un paseo pensado para relajarme, y que me preocupó. Al menos el busto de la escritora que da nombre al parque no está muy deteriorado. Todo se andará

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