La siesta, ese elemento que todo el mundo reconoce como producto autóctono de España, exportado a otros países latinos a los que hemos llevado cosas tan útiles como las enfermedades de transmisión sexual o el castellano con sus tacos en tiempos de Colón y sus sucesores, ya no es segura. A esa conclusión he llegado en las últimas fechas cuando, tratando e echar una cabezada tras la apurada comida y dejar la babilla a su libre albedrío antes de entrar a trabajar por la tarde (si, sigo siendo de los de horario partido), veo como mi móvil suena una y otra vez día sí y día también cuando empiezo a arrellanarme en el sofá. Son esas telefonistas de empresas de todo tipo: telefonía, tarjetas bancarias, encuestas de satisfacción de algo a lo que ni recordaba que estaba suscrito… son esas voces de señoritas más o menos robóticas que antes de que te de tiempo a carraspear para decir que no te interesa te envuelven con una palabrería inmensa y rápida, llena de datos que te arrastran como si te encontraras en medio de un tsunami, no puedes colgar el teléfono, tu cuerpo no responde aún… y a los diez segundos, cuando termina lo que te ha parecido una breve conversación que en realidad ha sido un monologo de la telefonista o del robot, te das cuenta de que has dicho que si, o al menos no has sabido articular un simple no, que has caído, que te han vendido algo.Y es que la siesta se ha vuelto traicionera, no sabes si alguien ha instalado un circuito de videovigilancia en tu salón –que seguro que he comprado yo mismo e incluso he dado el permiso para su uso en una siesta meses atrás- y esperan a que la babilla empiece a brotar para ¡zas!, hacer la llamada. Y es que yo me imagino a las telefonistas que, en realidad trabajan todas en la misma oficina aunque unas venden teléfonos y otras libros u ollas exprés, comentando a la hora del café: “-¿has llamado ya al gordito de la siesta en el sofá de cuadros?, date prisa, ya te he dicho que es una equis fija en la casilla de cazado. Espera a que se tape con la mantita raída y ponga cara de tonto y dale al botón de llamada, suéltale el rollo rápido y seguro que cae.”
Es que el marketing ya no respeta ni las tradiciones. Con lo mal que sienta una siesta larga y la de veces que intentamos que sea la más larga de la semana.

